Al dinero público hay que exigirle nuevas formas de gestion para optimizarlo

La sociedad refleja en su nivel de calidad el resultado de cómo se gasta el dinero público. Tener la percepción de que el dinero público, por el mero hecho de ser público, posee menos valor o que se puede gastar con mas generosidad y menos propósito, es un error que sin duda lleva a problemas de gran calado y de pésimas repercusiones para una sociedad que pretende satisfacer las necesidades de sus ciudadanos y que pretende aportarles bienestar…

Me crea mucha confusión cuando oigo a personas, políticos, economistas o profesionales relacionados con lo público hablar del gasto público. De hecho, más que confusión, me genera pavor ver muchas actuaciones en la forma de emplear o de contratar para lo público, en cómo se atienden las necesidades de los ciudadanos con este dinero, entonces como os digo, la confusión en ocasiones se convierte en estupor y en la confirmación de que efectivamente esas partidas de dinero público se gastan, no se invierten.

Se habla de gasto público y se confirma que está bien etiquetado ese dinero, cuando se destaca eso de gasto. Cuando se comprueba que el único criterio válido para contratar un servicio para lo público es el precio, cuando importa más la cantidad de proyectos que la calidad y logros de los mismos, cuando no se realizan pruebas objetivas de lo que se ha conseguido con ese gasto, donde cuando se pone al frente de la gestión económica a personas que no han visto un presupuesto en su vida o no saben como convertir ese dinero en logros o cuando los presupuestos se ponen a disposición de medias electoralista y no de criterios de necesidades reales o más urgente, cuando ocurren todas estas cosas, efectivamente se puede hablar con toda tranquilidad de gasto público, pues no se espera nada de ese dinero gastado.

Este fenómeno no se puede adjudicar a ningún partido o ideología concreta, es mas una falta de perspectiva de gestión y una norma aceptada que no se corresponde con lo que debería ser. Pensar que lo público es algo etéreo, que no tiene ni propietario ni destinatario y que por tanto el dinero que esto genera puede tener un trato diferente al dinero privado, que se mueve por criterios de eficiencia, rentabilidad y retorno. Pensar que esto es así, es la muerte de cualquier sistema público que funcione, bien. Esta forma de visualizar este recurso público también es lo que hace que las ideologías no sean capaces de trascender como deberían a la población, pues si con el principal medio que poseen para lograr objetivos, que es el dinero público, no logran rentabilizarlo, hacerlo eficiente, no consiguen el retorno adecuado, lo público se desangra y perjudica a su bienestar. Y esto que comento ya lo traté cuando defendí que la idea de que no era importante preguntarse que era mejor una gestión pública o privada, es mejor una gestión eficiente que impacte y que logre objetivos, quién la realice es lo de menos, si se consiguen los objetivos y con los parámetros acordados. Los índices de “rentabilidad” o de retorno obtenido, no solo entendiendo estos términos como una media económica, sino social, medioambiental y en diversos ámbitos en los que se emplean estos recursos, es decir, lo que se consigue con ese dinero, tiene una incidencia muy reducida, lo cual demuestra lo que os comento que se gasta el dinero, pero que no se invierte convenientemente.

Se me enerva la sangre cada vez que escucho términos como subvenciones a fondo perdido, no porque sean a fondo perdido, que en muchos casos probablemente sea la mejor forma , sino por el trato que se le dan a esos fondos, pues no se les pide más allá de una justificación administrativa de que se ha gastado el dinero y digo bien, que se ha gastado, no se comprueba en que se ha invertido, si se ha obtenido un retorno en forma de mejora para el receptor de la subvención, no hay un sistema de control efectivo. A fondo perdido solo tendría que tener el condicionante de que no se tiene que devolver a quién lo aporta, pero tendría que ser obligatorio ver con exactitud los resultados obtenidos con ese fondo público.

Cuando todo esto ocurre, cuando el dinero público se le da una menor categoría o importancia en su empleo porque parece de impersonal propiedad, porque se entiende que su misión es simplemente gastarlo y justificar este gasto como único requisito, se está abriendo la puerta a que se puedan poner malos “profesionales” a controlar y emplear este dinero sin responsabilidades por su gestión y eso quizás pueda ser lo que da pie a cosas que son contadas de forma muy habitual en los informativos como escándalos y que incluso llenan las cárceles, pero aun peor que esto es que nadie controla los logros reales de esa gestión a niveles de eficiencia, no solo de justificación de gastos, pues solo se controla que la gestión se haya gastado el dinero público en aspectos para lo que estaba previsto el dinero, pero insisto, no se monitoriza adecuadamente, ni se responsabiliza convenientemente a los gestores por lo logrado con ese dinero.

Todo, absolutamente todo, se puede controlar de manera objetiva, hay aspectos sociales que también se pueden definir como una KPI controlable objetivamente, siempre se puede planificar para obtener un determinado resultado y siempre se puede medir de forma objetiva si esa KPI se ha conseguido o no en los niveles que nos fijamos como objetivo. Actuar bajo estas premisas de eficiencia posee un problema y es que requiere de profesionales de la gestión y no siempre es fácil reclutarlos para causas públicas por caché y por todo el “microclima” que entraña lo de gestión pública. Siempre he pensado que los políticos electos que no tienen por que ser buenos gestores, deberían ser acompañados de equipos de gestores y deberíamos de hacerlos responsables del trabajo de estos, no solo de las ideologías o formas de acometer los problemas que propongan, sino que la gestión de los fondos fueran motivos de examen para los políticos electos. No vale solo valorar como gestionan las crisis políticas sino como gestionan el dinero del que disponen él/ella y su equipo, aspecto este que se pasa más por alto, quizás por el desconociendo del tema que posee la ciudadanía en general.

Al dinero público si no se le exige niveles de retorno previstos, como se entienda conveniente, de forma que podamos controlarlo con sistemas objetivos, seguirá siendo gasto público, y el gasto nunca ha conseguido bienestar perdurable en las sociedades, sin embargo, las inversiones bien realizadas son las que nos pueden ayudar a dar un salto cualitativo en cuanto a bienestar social e igualdad de oportunidades, nos llevaran a conseguir mejoras relevantes para los ciudadanos. Este es un tema trascendental, de gran importancia para nuestro país, más cuando tenemos una estructura pública de gran volumen que maneja cantidad ingentes de fondos, estos debemos convertirlos y tratarlos como inversión y no seguir tratándolos como gasto.

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