¿Todos entendemos lo mismo por profesionalidad?

Hay términos, etiquetas, conceptos que cada día poseen menos consenso, o mejor dicho, cada día ganan más poder entre las empresas, sin embargo, cuando pretendemos explicar o describir esos conceptos hay de todo menos unanimidad, en aceptar su definición en su plenitud. Hoy me gustaría que hablemos de ser profesional…

Unos de los conceptos que más he tratado con la dirección de las empresas ha sido sin duda el deseo por parte de esta, de que los empleados y la organización “fueran profesionales”. Ha sido un anhelo continuo en muchas empresas clientes. ¿Razones?, la profesionalidad siempre se ha visto como un argumento de venta, como un valor añadido para la empresa, para la marca… Obviamente siempre he estado de acuerdo con este planteamiento en el que creo ciegamente, la profesionalidad es un valor que aumenta el engagement de trabajadores, de clientes, proveedores, pero claro, siempre hay un pero, y ese no es otro que definir o establecer en qué consiste la profesionalidad.

Como os decía en la entradilla, hay conceptos, etiquetas, que se aceptan como universales siempre que aparecen y damos por sentado que todos entendemos lo mismo y en los mismo términos cuando hablamos de ellos, cuando en realidad no es así, aspectos como la buena calidad de servicio, la buena calidad, buena relación calidad-precio, ser responsables socialmente, la buena atención al cliente, etc… todos ellos, son conceptos que cuando hablas con un empresario/a, suelen aparecer en su argumentario de cómo quieren ser vistos, que quieren hacer, el problema que siempre aparecen con estos términos, es que para cada empresario/a, para cliente, para cada trabajador, posee un significado y posee un contenido diferente. Eso mismo pasa cuando te planteas que tu organización y tus trabajadores sean profesionales, es lo que quiere la alta dirección, pero concretar esto es donde aparecen todos los problemas del mundo. Cuando he trabajado con cuadros directivos en este sentido, es decir, tratar de potenciar la profesionalidad de la organización, siempre he empezado por el mismo procedimiento, hacerles escribir a nivel personal una relación de acciones, valores, comportamientos que para ellos definan la profesionalidad y que identifiquen los rasgos que ha de poseer sus trabajadores para calificarlos de profesionales, así como a su organización. El resultado más habitual suele ser que una vez puesto en común y explicado con concreción, lo que cada directivos/a había recogido en esas listas, más del 80% de lo que cada uno de ellos establecía que debía ser profesionales no coincidan, o si coincidían, con importantes matices que prácticamente hacía que lo que parecía lo mismo, no lo era en absoluto, solo coincidan en cómo lo llamaba.

La profesionalidad es uno de esos términos que aceptamos como universales, con esto quiero decir, que todo el mundo sabemos de lo que estamos hablando y en que consiste esa profesionalidad, pero a la hora de tratar el tema no coincidimos tanto como creemos. La profesionalidad para empresas, para compañías, para cada trabajador, es una cosa, en ocasiones incluso, cosas contrapuestas. En principio profesional es aquella persona o empresa que cobra por algo. Así de simple, pero cuando apelamos a la profesionalidad, a esa que supone un valor, también estamos estableciendo de qué manera queremos relacionarnos con otros, entre nosotros.

La manera de integrar la profesionalidad como un valor de la marca o de la organización, siempre la he planteado de la misma manera, definamos como queremos relacionarnos, sí, no como debemos relacionarnos, como queremos hacerlo con todos los colectivos con los que tenemos trato, clientes, trabajadores, proveedores, accionistas, etc… establezcamos los procesos, criterios, comportamientos para que esa relación nos haga sentirnos cómodos y que para ellos, para esos colectivos, supongan una valor en la relación que cree una vinculación de confianza y cuando definamos esos términos, comportamientos, criterios y las prioridades en cómo nos relacionaremos con esos colectivos, las asumamos e interioricemos y las pongamos en práctica. Este es un camino que supone movimiento, por lo que no queda ahí establecer la profesionalidad, sino que tenemos que ir consiguiendo mejoras o llámalo evolución, solo entonces podremos decir que hemos abierto la puerta a la profesionalidad, a lo que para nosotros como empresa, es ser profesional.

Esa ha sido la mejor manera de conseguir los objetivos en estos términos cuando he trabajado con la dirección de una empresa.

Este planteamiento ha propiciado la posibilidad que una vez avanzado en este tema se ha conseguido trabajar de forma que la empresa se siente cómoda, igualmente a potenciado o conseguido, la creación de una identidad propia para la imagen de la compañía, ha facilitado orientar más fácilmente a los trabajadores en lo que se espera de ellos/as y ha servido a nivel organizativo para establecer en que consiste su trabajo, ha facilitado objetivizar y monitorizar más fácilmente las buenas y las malas prácticas, todo el mundo sabe a que atenerse y ante la duda, siempre se conoce cuál es el referente para actuar, en definitiva, la puesta en marcha de esa profesionalidad, la que ha decido la empresa que desea, ha conseguido una empresa más identificable, unos trabajadores con unos referentes claros, y por supuesto ha aclarado que somos como organización y cuales nuestras reglas de juego para relacionarlos.

A veces damos por supuesto con determinados términos que para todo el mundo significa los mismo y que tienen el mismo sentido para todos los que los utilizan o intentan implementar. Esos términos que suelen ser los más importantes no solo en el mundo de la empresa sino en la vida misma, no nos paramos a plantearnos que para cada uno de nosotros significa algo diferente o al menos no significa los mismo. Con la profesionalidad, que está en boca de toda empresa que pretende ser mínimamente competitiva, pasa lo mismo. Damos demasiadas cosas por supuestas sin plantearnos de si en realidad estamos hablamos de lo mismo o solo compartimos la etiqueta. Luego suele suceder que cuando tratamos de aplicar algunos de estos conceptos “universales” se pone de manifiesto eso mismo, que no todos tenemos el mismo concepto, que no significa lo mismo para todos. Y entonces empiezan los problemas y el caos

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